Algunas flechas para la comunicación popular

Flechas para la comunicación popular

Por Geraldina Colotti

De diferentes y competentes partes (por ejemplo Aram Aharonian “Enfrentar la guerra de quinta generación con arcos y flechas?”), uno se pregunta acerca de la asimetría de los medios disponibles en la comunicación popular para desenmascarar la guerra mediatica y su “cuento al revés”. Un tema discutido dentro del PSUV en su IV Congreso, que dedicó una de sus siete líneas a la organización de la solidaridad internacional. Proponemos entonces algunas “flechas” para el debate.

La construcción de una opinión pública manipulada con fines belicos, conservadores y xenófobos es un elemento fundamental de las guerras de nuevo tipo. Guerras de cuarta o quinta generación, conflictos abiertos o latentes que producen un estado permanente de alerta: contra un “enemigo” interno o contra “demonios” que vienen del exterior, si es necesario activados por los mismos gendarmes globales para mantener a la sociedad bajo control.

De norte a sur, la concentración de grandes corporaciones mediaticas permite la diseminación de contenidos devidamente domados por el mismo patrón, pero adaptados a cada contexto. Una gigantesca “guerra contra los pobres” está en marcha por parte de el gran capital internacional, que requiere instrumentos cada vez más sofisticados.

Potentes y penetrantes, las agencias de inteligencia estudian los comportamientos colectivos, desencadenan ordas de ONG, financian periódicos, academias y sindicatos para construir un “cuento” hegemónico contra el cual es imposible oponerse sin sentirse un “paria”, inevitablemente excluido de los circulos que cuentan.

Una situación aún más complicada por la proliferación de las redes sociales donde la difusión y multiplicación inmediata del mensaje facilita la imposición de la “postverdad”: la de un mundo sin enlaces en el que una miríada de “opiniones” fluctúa sin una perspectiva general e incluso sin lógica

Y así, en los países europeos, gracias también al papel de los medios, donde la presencia de ciertos personajes ha sido constante, se ha construido el consenso a figuras xenófobas como Matteo Salvini, el actual ministro del Interior italiano.

Dentro de las “sociedades democráticas” se está legalizando el fascismo, existe el retorno de “comunidades cerradas”, que basan su “cohesión interna” en la violencia y la exclusión de los diversos, en la lucha del penúltimo contra el último de la escala social.

La construcción de la opinión pública con fines bélicos requiere identidades colectivas “autistas”, predispuestas a “consumir” el negocio del control, la solución policial de los conflictos y el uso de la justicia con fines políticos. Las guerras de cuarta y quinta generación implican la internalización del miedo, la lucha de todos contra todos, y sirven para enmascarar la crisis sistémica en la que se debate el modelo capitalista.

La “estrategia de la confusión” impuesta por el capital a través de grandes conglomerados mediaticos tiene como objetivo desviar la ira de las masas empobrecidas de los objetivos reales, lo que les impide reconocer a los amigos de los enemigos.

La lucha contra el latifundio mediático es, por lo tanto, un elemento esencial del cambio estructural de las relaciones de propiedad, tanto a nivel nacional como mundial. Una lucha que también puede parecer desesperada, dada la desproporción de los medios existentes entre los pueblos que quieren el cambio y las fuerzas que lo impiden.

Un dato particularmente dramático en las llamadas “sociedades complejas”, especialmente en los países europeos, donde nació el movimiento obrero. Para una clase que prontamente había aprendido el orgullo de ser portadora de un mundo diferente, alternativo y mejor. Ese orgullo le fue robado, la dignidad le fue robada. Hoy parece estar animada solo por la compulsión al consumo, y enojada porque ya no puede hacerlo, dispuesta a creer en la fábula del inmigrante que “le roba el trabajo” y unirse detrás de los partidos xenófobos o los falsos soberanismos.

Necesitamos reconstruir la conciencia de que el mundo es un producto de la lucha de clases, que la fuerza ideológica deriva de la fuerza material. Necesitamos reconstruir una conexión fructífera entre el etos colectivo y la racionalidad. Necesitamos una batalla de las ideas que multiplique los contenidos del conflicto sobre la base de principios firmes: los del anticapitalismo, el antiimperialismo, y de una revolución capaz de cruzar el pensamiento de género con la lucha de clases.

Principios que guían el proceso bolivariano, enunciados en el Libro Rojo y en el libro Violeta del PSUV, reconfirmados por el IV Congreso. Un partido que dirige y orienta un bloque social anticapitalista capaz de tener juntos los sujetos históricos “tradicionales”, protagonistas de la lucha de clases en el siglo pasado, y también las masas “plebeyas” excluidas del poder de decisión en los países de la democracia burguèsa.

Una organización colectiva en la que los individuos cuentan como portadoras y portadores de un proyecto común y superior, el del socialismo. Un proyecto que existe y resiste y que ha durado casi veinte años.

Y este es el primer punto, la primera apuesta, que debemos valorizar, explicar, problematizar: podemos asumir y mantener una dirección de marcha diferente a la capitalista incluso sin haber llevado a cabo una revolución armada.

Se puede, si la palabra “revolución” se convierte en un motor permanente en la construcción del consenso hacia una sociedad diferente, una palanca para vaciar y destruir el viejo estado burgués desde adentro.

Es posible, si la unidad se basa en los contenidos, si se buscan las alianzas para la construcción del bien común.

Podemos, si la nueva “revolución” no olvida el motor que la puso en marcha, las mujeres y hombres que dieron sus vidas por esto: en los años 60 y 70 y antes.

Tres ejemplos para dar confianza a todos las camaradas y los compañeros que, en otras partes del mundo, han intentado y tratan de poner en marcha procesos de cambio radical contra la penetración masiva del sistema capitalista.

La arrogancia belicosa contra Venezuela bolivariana, la guerra económico-financiera, la guerra mediática, el intento de masacre con el que drones con explosivo piloteados por Colombia y Estados Unidos deberían haber matado al presidente Maduro y decapitado a la dirigencia chavista, indican el nivel al que se tiene que equipar cualquier fuerza verdaderamente alternativa que combate por un cambiamento estructural del sistema capitalista.

El ataque a la integración latinoamericana indica que, en contra del imperialismo, la construcción de un bloque regional es necesaria para fortalecer a los estados. Un bloque no basado en la asimetría y en los intereses de los más fuertes, como la Unión Europea, sino dirigido a construir una nueva independencia, mirando a las relaciones Sur-Sur y no a las recetas de los estados capitalistas.

Para accoralar a Venezuela, Cuba, Bolivia y Nicaragua, el imperialismo esta erosionando las alianzas regionales (Unasur, Alba, Mercosur), construidas en los años del “renacimiento” latinoamericano por impulso de Cuba y Venezuela. Lo hace utilizando el gobierno ecuadoreño de Lenin Moreno como caballo de Troya, para reabrir las puertas del viejo patio trasero.

E incluso en este punto, necesitamos informar y reflexionar: porque el imperialismo, sabemos, hace su trabajo, pero las fuerzas que se oponen a él deben saber cómo hacer bien el propio. ¿Por qué Venezuela bolivariana resiste y Ecuador no? Porque el proceso bolivariano se basa en al menos tres puntos fuertes principales: haber questionado a fondo las relaciones de propiedad; haber desarrollado en este sentido la conciencia de clase de los sectores populares, constantemente movilizados e involucrados en las decisiones del gobierno; haber construido y sedimentado el consenso, inicialmente contando con la relación de identificación directa entre el pueblo y el líder (“Todos somos Chávez”), y luego apostando en la organización del partido como motor y como “intelectual colectivo”.

También es necesario informar y reflexionar sobre otro punto, el de la judicialización de la política. Desde Brasil hasta Argentina, desde Ecuador hasta Colombia y Venezuela, la burguesía intenta deshacerse de sus oponentes políticos utilizando el poder judicial: contra Lula, contra Cristina Kirchner y la diputada argentina Milagro Sala, contra Rafael Correa, contra el partido de las Farc. Y también contra Maduro a través del grotesco (y costoso) “TSJ en el exilio”, con el que un grupo de delincuentes intentan derivar al presidente legítimo de Venezuela a la Corte Penal Internacional.

El uso del poder judicial con fines políticos es una tendencia global, cuyos orígenes conducen a los “maxi- juicios” contra los presos políticos de los años 70 en Italia, Alemania y Francia. Continúan con el “maxi-juicio” de “Mani pulite” en la década de los 90 con el que la burguesía italiana ha tratado de cambiar sus referentes políticos, frente a una izquierda incapaz de juzgar a sus enemigos en las calles y no en los tribunales. Y llegan a los años actuales, donde la tendencia a reducir las cuestiones sociales a una cuestión de orden público es una práctica común de los gobiernos capitalistas europeos. Como sabemos, “Mani pulite” inspiró el proceso Lava Jato en Brasil.

Otra correlación importante es el uso de los organismos internacionales subordinados a los EE. UU. y de las multinacionales del humanitarismo contra los gobiernos que no se arrodillan a la voluntad de Washington y de sus lacayos. Lo vemos una vez más en el ataque de Almagro contra Venezuela, en el del “Grupo de Lima”, y en las sanciones económicas y financieras impuestas por Trump y Europa. La victoria de la derecha en América Latina y la traición de Lenin Moreno ha llevado a las instituciones internacionales a personajes como el ex fiscal colombiano Alejandro Ordoñez, llamado Torquemada, que fue la mano dura de Uribe en el poder judicial.

Apoyar el proceso bolivariano en Venezuela implica una doble responsabilidad: la de saber cómo responder a las mentiras imperialistas, pero sobre todo la de actuar, de construir una fuerza que se oponga a la actividad criminal de los gobiernos capitalistas en cada país. El sueño de la Patria Grande que Bolívar quería no es solo de América Latina, sino de todas las revolucionarias y revolucionarios que oponen el proyecto socialista a las “pequeñas patrias” de la xenofobia. Un proyecto que no tiene fronteras.

Tomado de: Resumen Latinoamericano,

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